sábado, 30 de junio de 2012

Lluvia

La lluvia cae sobre el tejado, puedo olerla, escucharla y verla. Pero es el tacto el sentido que deseo probar con ella. Salgo de mi habitación, la lluvia sigue creciendo. Al llegar al patio sonrío, siento las primeras gotas que empapan mi pantalón, aquellas que al chocar con el piso se dispersan y dividen salpicando todo a su alrededor. Mi pie derecho toca el piso frío, se humedece rápidamente. Sigo riendo. Camino bajo el limonero, sintiendo la lluvia sobre mis hombros, danzando entre mi cabello, eventualmente recorriendo mis manos, mis pies ya no sienten frío, se han fusionado con él, ahora es el pasto húmedo el que siente mi caminar. Me adentro en el jardín y disfruto el desaparecer por un momento, dejo el espacio moderno para retroceder en la mente, estoy casi eufórico. Lentamente o rápidamente me pongo de rodillas y dispongo a sentarme en el césped, me gusta sus textura aun más cuando llueve, el tiempo había dejado de existir y no me había percatado de ello, ya no era su esclavo desde lo que parecía ser toda una eternidad. Mis dedos tocaron la tierra húmeda, me embriago de su olor y su frescura nada existía entre mi ser, la lluvia y el pasto. No tardé en sentir la obligación de acostarme y ver la lluvia caer, no vi mas que figuras en la nubes formadas por el contraste de su densidad, algunas incomprensibles pero agradables, otras tenues y suaves. Anochece y sigue lloviendo, la luz del cielo casi se extingue, la lluvia sigue y también mi sonrisa.